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Pedro Nueno, profesor del departamento de Iniciativa Emprendedora del IESE, expone su visión de la crisis, partiendo de los acontecimientos ocurridos en China y en la rapidez con la que deberíamos actuar ante la toma de decisiones. Este artículo forma parte de ‘Reflexiones para la recuperación’, un espacio del Foro de Marcas donde se comparten los análisis y las reflexiones de expertos frente a la crisis generada por el COVID-19.

A medida que el coronavirus avanza por el mundo muchos tratan de ver qué hizo China para librarse de él con relativa rapidez y, comparativamente, daños moderados. La verdad es que cuando la cosa empezó en China nadie se imaginaba la gravedad del problema. Yo tuve que estar en China en enero, en Wenzhou y en Shanghai. Me reuní con empresarios importantes y con mis colegas en mi escuela de dirección de empresas en China, CEIBS. La verdad es que en algún momento alguien mencionó que en algún sitio de China, no recuerdo dónde, había mucha gripe. Pero el coronavirus no había logrado salir a escena todavía. Luego hemos sabido que algunos médicos avisaron que había un problema pero los echaron porque los políticos debieron interpretar su aviso como algo que si se aceptaba afectaría a la imagen de la ciudad y su entorno. Esto ocurría en Wuhan, que está a unos 800 kilómetros al este de Shanghai y es una ciudad importante, con mas de 10 millones de habitantes y vuelos frecuentes a Londres, París, Roma y a otras ciudades importantes.

A finales de enero empezaban las vacaciones que en China se toman cuando celebran el Año Nuevo Chino que está relacionado con la luna y suele caer a finales de enero o a principios de febrero. Muchos chinos se toman una semana de vacaciones y fue durante esa semana que se hizo pública la realidad de Wuhan y el gobierno decidió aislar la ciudad impidiendo salidas de ella. Pero se diagnosticaron también algunos casos en otros sitios de China y el gobierno actuó con rapidez parando la actividad de colegios y universidades, prohibiendo reuniones y pidiéndole a la gente que se quedase en su casa minimizando las salidas a la calle.

Naturalmente en CEIBS les dijimos a todo el personal y profesores que se quedasen en casa y que cancelasen toda la actividad de la escuela. Por suerte esto ocurrió durante las vacaciones y muchos alumnos se habían ido a casa de sus padres porque el Año Nuevo Chino es como nuestra Navidad, una ocasión para vivirla en familia. Algún colega me envió desde su móvil alguna foto de zonas céntricas de Shanghai, donde el tráfico suele estar atascado y las aceras llenas de gente y no se veía ni coches ni personas. Me explicaban que solo salían brevemente, y no todos los días, a comprar comida en tiendas o supermercados próximos a su casa.

«Es evidente que en todos los países la reacción al coronavirus podría haber sido más rápida. Nuestra civilización se ha organizado en legislaciones, normativas, regulaciones,  responsabilidades y la toma de decisiones importantes para un país ha de pasar por muchos filtros y negociaciones.»

Dos semanas más tarde ya se pidió a todo el personal que volviese a la escuela, aunque les pedíamos que evitasen las reuniones y que mantuviesen una distancia entre ellos. Como todos los programas importantes de la escuela, el máster, el máster ejecutivo, por ejemplo, tienen tramos que se hacen online, hicimos el esfuerzo de reorganizar los programas para ofrecer esos tramos online evitando que los alumnos y mayoría de profesores tuviesen que volver a la escuela. China es enorme en superficie y en habitantes (unos 1.500 millones) y en muchas zonas las empresas siguieron trabajando con normalidad.

Pero el problema llegó a Europa con el virus aterrizando en Italia y enseguida se asoció a chinos infectados que habían viajado a Europa y habían contagiado a personas con las que habían tenido proximidad. Esto llevó a empezar a confinar a los ciudadanos europeos y se inició una amplia suspensión de vuelos internacionales y de vuelos internos en China y en Europa. El coronavirus siguió viajando y España, Francia, Alemania, Reino Unido fueron contagiándose a gran velocidad.

El virus cruzó también el Atlántico y aterrizó en Estados Unidos donde adquirió una alta velocidad. Esto llevó también allí al cierre de universidades, escuelas, colegios. En algunos casos se produjeron casos dramáticos en alguna prestigiosa universidad que cerró precipitadamente con poquísimo preaviso dejando a estudiantes extranjeros prácticamente en la calle sin tener ni idea de cuándo volvería a haber clase y sin saber cómo volver a su país, prácticamente sin vuelos y con amenazas de cuarentenas por todas partes. Aún en estos momentos, a finales de abril, la mayoría de las universidades europeas y americanas no saben cuándo reanudarán la actividad presencial. Todas hacen un esfuerzo por impartir todo lo que pueden a sus alumnos por vía online.

Es evidente que en todos los países la reacción al coronavirus podría haber sido más rápida. Nuestra civilización se ha organizado en legislaciones, normativas, regulaciones,  responsabilidades y la toma de decisiones importantes para un país ha de pasar por muchos filtros y negociaciones. Deberíamos aprovechar esta conclusión para ver la forma como podemos ser más rápidos en la toma de decisiones. Vivimos en la era digital que nos permite recoger un gran volumen de información y procesarla con rapidez para poder tomar decisiones. Es un poco sorprendente que, cuando el coronavirus llegó a cada país acabó rápidamente con los recursos para luchar contra él, desde camas de hospital hasta mascarillas. Esto vimos que pasó en China, pero volvió a pasar en Italia, en España y está ocurriendo en Nueva York. A veces la velocidad es reducida por la burocracia. Pensemos en cómo resolver más rápido problemas que sabemos resolver.

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